Dalí sueña los caprichos de Goya

Dalí sueña los caprichos de Goya

Del 16 de diciembre de 2015 al 21 de febrero de 2016

Horario

> De martes a sábado

De 11 a 13 y de 17,30 a 20,30 H.

> Domingos, festivos

de 12 a 14 y de 17,30 a 20,30 H.

> Lunes cerrado

SÁTIRA Y ONIRISMO

Cuando echamos la vista atrás y pensamos en la influencia que la creación de los siglos anteriores ha tenido en el arte contemporáneo, inmediatamente viene a nuestra mente la figura de Francisco de Goya (Fuendetodos, Zaragoza, 1746 – Burdeos, 1828), quien rompió con cualquier limitación pictórica e iconográfica establecida hasta el momento y se erigió como pionero de la modernidad, entendida ésta en su doble vertiente, en cuanto a la técnica pictórica y, especialmente, en lo que se refiere al concepto: subjetividad, irracionalidad, onirismo, sátira, crueldad, violencia o expresividad son algunas de las claves de Goya precursoras del arte del siglo XX que influyen irremediablemente en el devenir artístico de creadores tan representativos como Eugene Delacroix, Eduard Munch, Otto Dix, Joan Miró, Pablo Picasso, Francis Bacon o Salvador Dalí, por citar algunos.

Es entre los años 1796 y 1799 cuando Goya trabaja en la estampación de Los Caprichos, ochenta grabados satíricos de técnica impoluta en el manejo del aguafuerte y el aguatinta donde el maestro refleja lo satírico y macabro de la España dieciochesca. La presencia de figuras ilustradas en el poder, con los que Goya se relaciona y comparte pensamientos, hace de este periodo un momento propicio para la gestación de estas estampas sobre esos defectos de la sociedad que el artista critica sarcásticamente en su obra. Aunque, finalmente, el temor a la reacción de la Inquisición ante la publicación de las mismas obligaría a Francisco de Goya a retirarlas precipitadamente de la venta y regalárselas al rey con destino a la Real Calcografía.

Cerca de dos siglos después, Salvador Dalí retoma la obra del pintor aragonés y gracias a la técnica del heliograbado realiza réplicas exactas de los grabados de Goya, que reinterpreta tanto en dibujo como en color, dando lugar a un viraje en el matiz de la obra de la crítica al surrealismo.

La muestra recoge la serie completa de Los Caprichos reinterpretados por Salvador Dalí y, junto a algunos de ellos, se encuentra el original de Francisco de Goya, permitiendo así una comparativa paralela del arte de los dos maestros. Asimismo, junto a cada una de las estampas se observa también el comentario en forma de leyenda que el propio Goya grabó al pie de los originales para facilitar la comprensión de los mensajes visuales, haciéndonos disfrutar así de la interpretación más personal y definidora de tal novedad pictórica.

Una doble lectura, un doble diálogo.

 

Lola Durán Úcar

Comisaria de la exposición


 

Serie gráfica de Dalí sobre los Caprichos de Francisco de Goya

Nuevamente Salvador Dalí toma como fuente la estampa crítica, satírica y claramente comprometida, en este caso, de Francisco de Goya, en sus Caprichos.

Las ochenta láminas que complementaron la serie del inmortal aragonés son recreadas por el no menos genial Dalí. Al igual que en Pantagruel, recrea sobre la creación que respeta en su totalidad, incluso dispone en la zona inferior el nombre Goya, reconociéndole de esta manera como el inventor de todas las composiciones.

La importancia de la obra grabada que nos presenta Goya es notable y así fue reconocida. Por ello, para comprender el “dibujo añadido” debemos considerar brevemente los conocidos Caprichos de Goya.

Hacia el año 1796 el maestro aragonés elaboró una serie de dibujos a los que el propio artista denominó Sueños y de los que tuvo el firme propósito de publicarlos bajo el título Idioma Universal. Entre estos dibujos fue muy afamado el conocido como El autor soñando sobre una mesa que se prestaría como imagen introductoria del resto de las composiciones con el fin de perpetuar en esta obre el testimonio sólido de la verdad.

Ochenta fueron los dibujos que Goya eligió y ordenó para formar parte de la serie que conocemos como Los caprichos y que fueron grabados en su mayoría al aguafuerte y al aguatinta consiguiendo efectos técnicos que, a juicio de Valeriano Bozal, “desde Rembrandt no se habían conseguido”. La denominación de la serie como Caprichos ya fue utilizada por el grabador Callot en su serie de 1617.

En el año 1799 salió a la luz esta serie de asuntos caprichosos donde la caricatura

es fiel reflejo de una sociedad enfermiza a través de la cual Goya nos expresa su particular y decepcionada visión del mundo. Delacroix conoció estas láminas y no dudo en definirlas como caricaturas al estilo de Goya.

 Azaola, en vida del genio aragonés, explicó con notable acierto el propósito esencial de la serie:

“Todos los amantes de las Bellas Artes tienen sin duda noticia de nuestro célebre pintor D. Francisco de Goya y Lucientes, y muchos habrán admirado sus bellos temas al fresco, sus Venus y sus retratos; mas no todos tal vez conocen su obra maestra de dibujo y grabado, o sus famosas estampas satíricas que corren con el nombre de Caprichos de Goya. El vulgo de los curiosos ha estado creyendo que sólo representaban rarezas del autor, pero las personas sensatas desde luego conocieron que todas encerraban un cierto misterio. En efecto, esta colección compuesta de 80 estampas con más de 400 figuras de toda especie, no es otra que un libro instructivo de 80 poesías morales grabadas, o un tratado satírico de 80 vicios y preocupaciones de las que más afligen a la sociedad. Desde los vicios de las clases más distinguidas hasta los de la gente de la vida airada, todos están finamente ridiculizados en esta obra singular. Los avaros, los lascivos, los cobardes, fanfarrones, los médicos ignorantes, las viejas locas, los vagos, los haraganes, los viejos verdes, las prostitutas, los hipócritas y, en fin, toda clase de necios, ociosos y pícaros se hallan tan sagazmente retratados que dan mucha materia al discurso, entre tanto que se van adivinando los finos conceptos envueltos en cada sátira, y hace cada cual a su modo y según la esfera de sus conocimientos, más o menos felices aplicaciones… Creo que ninguna nación posea una colección satírica moral de la clase y mérito de ésta. No basta tener un pincel tan fácil como Jordán y unos conocimientos anatómicos como Ribera; es necesario nacer dotado de un ingenio peregrino y haber corrido medio mundo y conocer muy a fondo el corazón humano para sobresalir en este género, y componer 80 sátiras como éstas… Los poetas y literatos verán en cada sátira un germen fecundo de ideas, capaz de excitar sus ingenios a hacer infinitas reflexiones morales; y que, proporcionándoles tener siempre en acción y a la vista los principales resortes de nuestras acciones, puede ayudar a mantener el temple del alma que necesitan para sus composiciones.

Y por último, lo que más vale, todos hallaremos en estas sátiras estampadas nuestros vicios en toda su deformidad, y ridiculizados como conviene nuestros errores, con lo que aprenderemos a reprimir los unos, y evitar las fatales consecuencias de los otros, que no es sacar poco provecho de esta verdadera comedia de la vida humana”.

Y es que Goya, es un Dante que nos habla de la comedia humana, pero no de su resultado fatal. La cuenta al modo que vimos en Rabelais: en su propia acción, en el verdadero infierno terrenal donde la sátira parece ser la única respuesta a la engañosa existencia humana, a su real dimensión de miseria viviente. No extraña por tanto que un artículo firmado en 1831 con las iniciales Ad.M. establece la comparación entre Rabelais y Goya:

“Un solo hombre, Francisco de Goya, ha conseguido dar una idea verdadera y real de su país. Entendió profundamente los vicios que minaban a España. Los pintaba porque los odiaba: con pasión amarga y mordiente. Es un Rabelais con el pincel o el buril en la mano, pero un Rabelais español, básicamente serio, cuyos chistes nos hacen estremecer. La carcajada es una sensación demasiado débil, y cuando escribe una sátira en sus magníficos bocetos, lo hace con la acertada punta de una daga, con lo cual consigue ponernos la carne de gallina y hacernos temblar”.

El propio título de Caprichos no apareció con la edición propiamente dicha, sino en el lomo de algunos ejemplares que, se piensa, fueron encuadernados para el propio artista. Sin duda, las fuentes de este maravilloso mundo onírico están en relación con la cultura simbólica tradicional y con el mundo de los emblemas y Hieroglyphicas.

Quizá encontremos la respuesta a esta denominación Caprichos en el íntimo propósito del artista de definir la serie como algo muy personal donde con gran sinceridad describe gráficamente el alma humana. En este sentido, nos hablaba el tratadista Carducho sobre el término capricho como hemos precisado en nuestro comentario inicial.

Esta visión tan real del ser humano, de sus miserias, salió a la venta anunciada en la Gaceta del 6 de febrero de 1799, pero ante el temor por las represalias inquisitoriales que, como hoy en día, atormenta a todo espíritu creativo, Goya donó al rey las colecciones no vendidas e incluso las propias planchas que pasaron a la Calcografía Real. El anuncio de esta serie para su venta, justifica sobradamente su intención y por ello lo reproducimos:

“Colección de estampas de asuntos caprichosos, inventadas y grabada al aguafuerte por Don Francisco de Goya. Persuadido el autor de que la censura de los errores y vicios humanos (aunque parece peculiar la elocuencia y la poesía) puede también ser objeto de la pintura: ha escogido como asuntos proporcionados para su obra, entre la multitud de extravagancias y desaciertos que son comunes en toda sociedad civil y entre las preocupaciones y embustes vulgares, autorizados por la costumbre, la ignorancia o el interés, aquellos que ha creído más aptos a suministrar materia para el ridículo y ejercitar al mismo tiempo la fantasía del artífice. Como la mayor parte de los objetos que en esta obra se representa son ideales, no será temeridad creer que sus defectos hallarán tal vez, mucha disculpa entre los inteligentes: considerando que el autor, ni ha seguido los ejemplos de otros, ni ha podido copar tampoco de la naturaleza. Y si el imitarla es tan difícil, como admirable cuando se logra, no dejará de merecer alguna estimación el que apartándose enteramente de ella, ha tenido que exponer a los ojos formas y actitudes que sólo han existido hasta ahora en la mente humana, obscurecida y confusa por la falta de ilustración o acalorada con el desenfreno de las pasiones. Sería suponer demasiada ignorancia en las Bellas Artes el advertir al público, que en ninguna de las composiciones que forman esta colección se ha propuesto el autor ridiculizar los defectos particulares a uno y otro individuo: que sería, en realidad, estrechar demasiado los límites al talento y equivocar los medios de que se valen las artes de imitación para producir obras perfectas. La pintura, como la poesía, escoge en lo universal lo que juzga más a propósito para sus fines: reúne en un solo personaje fantástico, circunstancias y caracteres que la naturaleza presenta repartidos en muchos, y de esta combinación, ingeniosamente dispuesta resulta aquella feliz imitación, por la cual adquiere un buen artífice el título de inventar y no de copiante servil”.

Estas invenciones, cuyos argumentos entroncan con el sentido onírico del artista en detrimento de lo real, nos recuerdan las citadas drolerías de los artista flamencos, las subjetividades formales de Desprez y Grandville, que no son otra cosa sino invenciones fantásticas, caprichosas, que una y otra vez se dan cita entre los artistas verdaderamente creativos como ya nos dijo Vicenzo Carducho.

Dalí retoma y recrea, dibuja en el dibujo, en estos ochenta Caprichos no solamente pone color a las líneas entintadas, sino que consigue, a través del heliograbado, la imagen propuesta por Goya y sobre ella actúa su imaginación fantástica dando salida a otros Caprichos que, en su resultado, vienen a ser tan originales y desprender tanta vida como aquellos del maestro aragonés. La serie la abrió Goya con su retrato, aspecto que Dalí respeta añadiendo algunas que, en su rareza, nos hablan de lo extraño, del inframundo. Sobre la cabeza del artista aparece una grotesca anciana que  parece provenir de las propias láminas del maestro aragonés como apreciamos en los rostros de su capricho 71. Frente al artista observamos un animal desnudo, con rabo, garras y alado que no se define en su rostro. La incógnita queda como respuesta, ¿Se podría tratar de una esfinge? ¿Respondería al acierto de Edipo? En consecuencia, de ser así, Dalí explica con claridad que Goya conoce de verdad al “humano animal” y lo explica también en sus Caprichos. Toda una victoria sobre la esfinge viciosa del poder.

Dalí respeta el planteamiento de Goya en estas composiciones y no solamente porque reproduce las imágenes, sino también por la concepción general de la obra a modo de emblemas. En el siglo XVI nació este género literario que conocemos como  “emblemática” donde la imagen se acompaña de un mote o lema, de un título, que lo explica. Todo un código visual que los artistas utilizan en sus creaciones. En los Caprichos el mote o lema se dispone bajo la imagen y supone la síntesis semántica de lo representado. Dalí añade a los dibujos de Goya los suyos propios, dibuja en el dibujo y al convertir la estampa en una recreación diferente cambia los motes o juega con sus palabras. Si Goya propone: Si amanece nos vamos, Dalí señala: Si no amanece nos quedamos. Dalí ahonda en la crítica, incide en las ideas goyescas. El capricho 42 del aragonés nos presenta a dos hombres cargando sendos burros. Nos dice en el mote: Tú que no puedes. Con ello nos da a entender a los poderosos que se aprovechan a modo de pesada y estulta carga sobre los menesterosos y trabajadores. Goya, dispuso unas explicaciones manuscritas en el ejemplar que regaló al duque de Welling ton. Sobre esta composición escribe: ¿Quién no dirá que estos dos Caballeros son dos Caballerías?

Dalí respeta las figuras de Goya y, sobre estos asnos, estos brutos que se aprovechan del sudor y el trabajo, nos propone como lema: Piensa en el Ángelus de Millet. Con ello lo ha dicho todo, nos remite mediante la citada pintura a la miseria de quienes trabajan la tierra. El genio catalán presenta sobre los asnos una de sus enigmáticas figuras que parece devorar a los malignos burros. Sin duda, es otra de las pesadas cargas que ha de soportar el débil, sobre sus espaldas: se trata del omnímodo poder que, por dominarlo todo, todo lo engulle.

Tras esta lectura hemos intentado situar al espectador en el contexto histórico donde estas obras fueron escritas. Mediante la iconografía descubrimos las fuentes gráficas donde el artista, en este caso Salvador Dalí, se inspiró, recreó sobre la creación y dibujó sobre lo ya dibujado.

En resumen, lo que vemos, mejor dicho, lo que miramos, no es otra cosa sino sueños sobre otros sueños olvidados que, en negro sobre blanco, reposaban durmientes en el tiempo y que, el genio catalán, supo despertar para construir nuevamente… Sueños en papel.

Jesús María González de Zárate

Universidad del País Vasco