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Delicias españolas.
Música Española del siglo XIX

3, 10 y 17 de marzo 2008
Cartel
Auditorio Municipal de Logroño
20, 30 horas.
Entrada Libre. Plazas Limitadas.

El siglo XIX español fue un siglo turbulento, convulso, magistralmente retratado por Pérez Galdós que, además de grandísimo escritor, fue buen pianista y músico aficionado; un siglo que estuvo marcado por un sin fin de acontecimientos monárquicos, militares, políticos, sociales y económicos que, como pocas veces en la historia de España, transformaron totalmente la vida cotidiana (y, por supuesto, la musical) de este país. Por ejemplo, es increíble comprobar como un matrimonio real puede influir tanto en la vida de un país. A la pobre reina Isabel II, por intercesión de sor Patrocinio, la famosa ‘Monja de las llagas’, le obligaron con 16 años a contraer matrimonio, que acabaría en divorcio, con su odiado primo Francisco de Asís, homosexual declarado. Este ‘casto’ esposo que nunca llegó a consumar el matrimonio, parece ser que estuvo detrás del intento de regicidio en 1852 por parte del cura Martín Merino (que había nacido en Arnedo), no se sabe si por ambiciones políticas o por convicciones morales y religiosas; y a causa también de este matrimonio pasaron por la alcoba de la reina diferentes generales de uno y otro signo político que hicieron que España viviera en un continuo naufragio que a punto estuvo de hundir al país. Es comprensible por tanto que, ante tales circunstancias, el arte, la cultura o la educación difícilmente puedan florecer.

Pero no voy a hablar de esos sucesos históricos que me imagino todo español medianamente instruido conoce (o debiera conocer), sino de la música que se produjo a lo largo de esa centuria que durante demasiado tiempo se ha tenido como una de las más desprestigiadas de nuestra historia, y no es porque no haya habido en España durante ella grandes músicos sino quizás porque al no alcanzarse en este siglo las altas cimas de otras épocas, la típica idiosincrasia española tan crítica, tan radical -o es el mejor o no sirve para nada- ha hecho caer en el olvido a numerosos músicos que si no fueron los más grandes del orbe tampoco fueron unos maulas, simplemente fueron muy buenos artistas y profesionales.

Por otro lado, existe todavía una idea muy extendida de que en España, desde finales del XVIII y hasta principios del XX, se vivió musicalmente al margen de lo que ocurría en el resto de Europa. Y, sin embargo, nada más alejado de la realidad. Durante la segunda mitad del XVIII Haydn fue uno de los músicos más interpretados en España. El encargo que se le hizo desde Cádiz de las Siete últimas palabras de Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz no fue por casualidad. Años antes, el duque de Alba y la duquesa de Osuna habían firmado con Haydn sendos contratos por los que el músico austriaco tenía que enviarles anualmente un número determinado de obras. Y el poeta-músico Tomás de Iriarte, ya en 1776, publicaba poesías describiendo y alabando las obras de «Hayden, el músico mayor de nuestros días». En 1805 se interpretó ya en Madrid el Réquiem de Mozart y durante el XIX los músicos españoles viajaron por toda Europa publicando sus obras en Inglaterra, Francia y Alemania, y muchos de ellos estudiaron, vivieron o fueron profesores en Londres o París. Y, como no, el músico más conocido y admirado en esta época en España, como en casi toda Europa, fue Rossini.

Los principales ámbitos en los que se desarrolla la música en España durante este siglo los podríamos resumir en tres: la realeza y aristocracia, la iglesia y la sociedad civil. Las obras que presentamos en estos tres conciertos corresponderían al primero y al tercero de estos ámbitos, la música religiosa la dejamos para otra ocasión.

En el caso de la realeza, durante el reinado de Fernando VII la secciones de música de la Real Capilla y Real Cámara de Palacio todavía gozaban de la grandiosidad, magnificencia y boato con que el tirano rey las había dotado en sucesivas reformas a imitación de los momentos de mayor esplendor. Grandiosidad que contrastaba con la ruina económica, social y moral con que el rey felón conducía al país fomentando el más rancio cainismo entre los súbditos. Con la muerte del rey en septiembre de 1833 la situación política cambiará totalmente y con ella numerosas manifestaciones sociales y religiosas que se asociaban a la monarquía absolutista, como el excesivo boato al culto divino, lo que incidirá negativamente en la situación musical.

Sin embargo, frente a esta decadencia y abandono de la música religiosa surge una mayor atención a la música profana, a través de la Real Cámara, debida seguramente a la educación musical y gran afición que tanto Mª Cristina como Isabel y Luisa Fernanda tenían por el arte músico; interés por una música que no sólo programaban en Palacio en conciertos, bailes o representaciones operísticas sino que alentaban y apoyaban con su presencia en los teatros, el nuevo conservatorio o el Liceo Artístico y Literario, especialmente durante el reinado de Isabel II, reina filarmónica por excelencia, que también encontró en el mundo operístico alguno de sus amantes.

Baltasar Saldoni, músico y musicógrafo, con esa mitificación de las monarquías propia de siglos anteriores, nos cuenta que la reina gobernadora «cantaba y tocaba el piano como artista verdaderamente consumada, y su manera de expresar y de sentir podía servir de modelo a muchos artistas notables. Su voz, de mezzo-soprano, era de una pastosidad y dulzura incomparables; su discernimiento o criterio musical, extraordinario…», contándose entre sus profesores el principal artífice de que Chopin y G. Sand pasaran su famoso invierno en Mallorca, el director de orquesta F. Frontera de Valldemosa, profesor de canto, y J. M. Guelbenzu, de piano. También Isabel y Luisa Fernanda, cuyos profesores fueron Valldemosa de canto y el riojano Pedro Albéniz de piano (la reina fue madrina en la boda de su hija), eran ‘consumadas’ pianistas y cantantes, y junto a su madre participaban como cantantes e intérpretes en numerosos actos privados y públicos tanto en Palacio como en el exterior. Una idea de su verdadero nivel musical nos lo puede dar las numerosas piezas que P. Albéniz compuso para piano solo o a cuatro manos y que tocaba junto a la reina o que tocaban las dos hermanas, piezas que sin ser de gran virtuosismo exigen un importante dominio técnico del instrumento. Como ejemplo y curiosidad, entre estas piezas se hallan unas Variaciones brillantes sobre el Himno de Riego, que tanto gustaba a la reina, dedicadas por el músico riojano a su ‘graciosa majestad’ con motivo de su feliz cumpleaños. En este parnaso de regios filarmónicos también destacaban Francisco de Paula, esposo de Luisa Carlota, excelente barítono y poseedor de una de las más importantes bibliotecas musicales del país, su hijo el rey consorte Francisco de Asís, distinguido pianista y protector de músicos, y el carlista infante Sebastián Gabriel, ilustre tenor que alcanzaba el ‘do de pecho’ y participaba en los conciertos de Palacio tras la amnistía.

En su afán filarmónico, Isabel II manda construir un teatro palatino para la ópera que se inaugura en 1849. Tras el derrocamiento y exilio de la reina en 1868, el sexenio revolucionario y la Primera República, vendría nuevamente la restauración borbónica pero la música ya no tendría nunca el protagonismo de épocas anteriores en el nuevo mundillo palatino y tomaría el relevo la sociedad civil. Y en cuanto a las ‘Casas’ aristocráticas, ya hemos mencionado más arriba la importancia de la de Alba y la de Benavente- Osuna; especialmente esta última ‘casa nobiliaria’ gastó gran parte de su fortuna en tener una orquesta privada, una gran biblioteca musical y realizar numerosos y diferentes acontecimientos musicales.

En cuanto a la sociedad civil, aunque a finales del XVIII se habían realizado tanto en Madrid como en otras ciudades españolas temporadas de Conciertos Espirituales a imitación de los de París, no existía en 10 España, a diferencia de buena parte de Europa, una burguesía interesada en asistir a conciertos donde se interpretaran sinfonías u otros géneros de música instrumental. A mediados de siglo suceden varias cosas importantes; por un lado, Barbieri, Oudrid, Hernando, Gaztambide y otros dan a conocer lo que entendemos por zarzuela moderna y por otro, Barbieri y J. de Monasterio liderarán un cambio en las inquietudes musicales que poco a poco dará frutos firmes y duraderos. Monasterio funda en 1863, junto a Pérez, Lestán, Castellano y Guelbenzu la Sociedad de Cuartetos de Madrid; Barbieri, en 1859, crea una temporada inicial de 6 conciertos con un gran coro y orquesta y ya en 1866, junto a un numeroso grupo de músicos encabezados por Monasterio y Gaztambide, funda la Sociedad de Conciertos de Madrid, verdadero inicio del movimiento sinfónico en España. En estas dos Sociedades se dan a conocer las obras más importantes de los compositores centroeuropeos (especialmente Haydn, Mozart y Beethoven), y a pesar de una inicial reticencia del público y la crítica –en palabras de Barbieri «que con cierto desdén llamaban música sabia»-, los conciertos de ambas Sociedades se imponen y logran continuidad durante varios decenios: la Sociedad de Cuartetos hasta 1894 y la Sociedad de Conciertos hasta 1906. Sin embargo a pesar de estos esfuerzos, el protagonismo lo seguiría teniendo la música para la escena, por un lado la ópera italiana, refugio de la aristocracia y clases altas, y por otro la zarzuela, verdadero teatro musical popular. Primacía de la música teatral frente a la instrumental sinfónica y de cámara que poco a poco aumentaría en cultivadores y seguidores que, como hemos dicho, la calificaban de música ‘sabia’ con cierto desdén elitista culto hacia el fácil populismo de la música teatral que imperaba.

En estos tres conciertos están representados los compositores españoles más importantes del XIX, la mayoría de ellos injustamente olvidados, con obras de pequeño formato vocal e instrumental no por ello de menor calidad musical, obras para voz y piano, cuarteto de cuerda y orquesta de cuerda. Hemos incluido desde una cantata para solista, coro y piano (verdadera primicia inédita), canciones a solo, dúos, tríos o cuartetos vocales con piano de la primera mitad de siglo; dos importantes y ambiciosos cuartetos de cuerda que permanecían inéditos, representativos de lo que fue la programación de la Sociedad de Cuartetos de Madrid en la segunda mitad del siglo y piezas para orquesta de cuerda, obras breves, bellas, pequeñas delicias sin grandes pretensiones formales o de desarrollos armónicos donde prima, por encima de todo, la melodía, cierto carácter de salón finisecular y agradar al oyente; lo que no quiere decir que no sean obras elaboradas, trabajadas y donde se percibe un buen oficio y formación musical. Es decir, olvidadas Delicias españolas del siglo XIX.

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