La pervivencia del clasicismo: Cuartetos de Arriaga y Araciel
Parte I
Juan Crisóstomo de Arriaga (1806-1826)
Cuarteto nº 1 en Re menor
Allegro
Adagio con espressione
Menuetto: Allegro. Trio: Più moderato
Adagio. Allegretto
Parte II
Diego de Araciel (S. XVIII-XIX)
Cuarteto en Fa mayor
Allegro agitato
Minuetto: Allegretto. Trio: Allegretto
Andante sostenuto
Allegro non tanto
Intérpretes:
Cuarteto Boccherini
Joaquín Torre y Lina Tur Bonet, violines
José Manuel Román, viola
Iagoba Fanlo, violonchelo
No hace mucho tiempo, la revista del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, siempre interesante, insertaba un artículo, hablando de la Sociedad de Cuartetos, firmado por Ester Aguado Sánchez. La musicóloga decía en un párrafo que «es de todos conocida la falta de dedicación que en general, y salvo contadas excepciones, musicólogos e historiadores tuvieron durante gran parte del pasado siglo XX hacia el estudio de la música española del siglo XIX. No es este —seguía contando— el lugar ni la ocasión de discutir cuales han sido las causas de ello ni de pensar, siquiera, en buscar posibles culpables, en un momento en el que la musicología era una ciencia reciente, falta aún de experiencia, de asentamiento de bases y de una organización sistemática, que provocaba la dispersión en los temas de estudio, la abundancia en algunos de ellos y la escasez y ausencia en otros tantos. Hay que decir, sin embargo, que en el último cuarto del siglo XX las cosas han cambiado de forma notable». Fruto de estos empeños de la investigación musical, que parecen tantas veces pasto de eruditos, nos encontramos en los atriles obras magníficas, que «silenciosas y cubiertas de polvo» sólo esperaban la mano que las hiciera sonar de nuevo. Aunque saltemos un momento al barroco y a Europa, viene al caso recordar que Las cuatro estaciones de Vivaldi, una de las obras más emblemáticas del repertorio musical actual, era prácticamente desconocida hace un siglo, y que fue la labor de expertos como Schering, Einstein, Straube, Lanshoff, Fortner… la que cimentó su impresionante popularidad, conseguida en menos de cuarenta años y tras siglos de olvido.
Por eso, estudios pioneros como el que dirigido por Jacinto Torres en 1982 se tituló el «Romanticismo musical español», que recogía trabajos de los principales especialistas, excelentes historias de la música como la de Alianza, dirigida por Pablo López de Osaba, que encargaba cada volumen dedicado a una época española a un destacado especialista (en el siglo XIX, a Carlos Gómez Amat), o los numerosos artículos incluidos en el Diccionario de la Música Española e Hispanoamericana (comp. Emilio Casares), a los que se han ido añadiendo numerosas aportaciones bibliográficas que desbrozan aspectos puntuales que clarifican y matizan (a modo de ejemplo: La música en Málaga durante la era napoleónica (1808-1814) de María J. de la Torre, pero se podrían citar muchos más, como los de Celsa García, Christiane Heine, etc.) configuran un panorama rico en perspectivas y en el que no nos podemos olvidar (sería injusto) de los «padres fundadores»: Adolfo Salazar, José Subirá, e incluso los realizados de forma más contemporánea a la época estudiada y que tienen todo el valor de lo vivido, como los de Pedrell, Mitjana, Soriano Fuertes, Saldoni, Peña y Goñi…
El siglo XIX español fue una época convulsa. El paso del Antiguo Régimen al mundo contemporáneo se produjo entre continuos sobresaltos, en algunos casos asimilables a los que ocurrían en el resto de los países europeos, en otros específicamente nuestros. La centuria se abre con las guerras napoleónicas, de las que tenemos un registro minucioso en Galdós (Los Episodios Nacionales, primera serie) y un cuadro estremecedor en el Museo del Prado ( Los Fusilamientos del 3 de Mayo) de un pintor, Goya, al que le había dado tiempo a retratar a Boccherini, entre la familia de su mecenas, el Infante Don Luis. Las guerras napoleónicas, y luego las guerras carlistas que estallaron por la sucesión de Fernando VII (la famosa Ley Sálica) arruinaron el país. La Desamortización de Mendizábal en los inicios del reinado de Isabel II haría lo propio con la Iglesia. Pero todavía en la época en que vivieron Araciel y Arriaga la supresión de las capillas musicales, los colegios de niños cantorcitos (el sistema que había funcionado durante siglos como eje de la transmisión del oficio musical) no había desaparecido del todo. Ello hizo pensar a los primeros investigadores sobre el misterioso Araciel que era un aventajado «niño cantorcico» de alguna capilla extremeña: Coria, Plasencia, Guadalupe, Badajoz…aunque ya en esta época las capillas musicales eclesiásticas (incluidas las aristocráticas o las de real patrocinio) dejaron de ser el principal impulso de la música en España.
En todo caso, que naciera Araciel en Extremadura parece fuera de toda duda. Así lo afirma Pedrell, y lo corrobora Domingo Prat, quien en su Diccionario Biográfico-Bibliográfico-Crítico de Guitarras, Guitarristas, Guitarreros (Buenos Aires, 1934), señala que «nacido en Extremadura, durante su juventud se dedicó, bajo la dirección de un monje, al estudio de la música e instrumentación. Se radicó en Italia». En esto parece seguir a José Parada y Barreto, quien en su Diccionario Técnico, Histórico y Biográfico de Música (Madrid, 1868), ya había escrito con anterioridad una pequeña biografía en la que se le tildaba de «músico español, nacido en Estremadura (sic), en donde se dedicó desde su juventud al estudio del violín y del piano bajo la dirección de un monje, de quien aprendió igualmente armonía y composición. Se ignora la época de su nacimiento y vivió largamente en Italia donde publicó diversas obras». Todos ellos son deudores de la Biographie Universelle des musiciens (1835-44) del gran musicólogo Fétis, de quien luego comentaremos también su relación, muy importante, con Arriaga, y en donde primero apareció la información biográfica de donde espigaron todos los posteriores investigadores.
Si nos acercamos a diccionarios más modernos, entramos en un pequeño baile de confusiones y de datos. Así, en el Diccionario de la Música Española e Hispanoamericana (coord. Emilio Casares), no aparece Diego de Araciel como tal entrada, sino Esteban Araciel. De éste se nos cuenta que nació en España, en el siglo XVIII, y que fue un compositor influenciado por Boccherini, según se desprende de las obras que publicó en Milán, donde residía en 1780. Pero atención, porque según la autora del artículo, Mª Luz González Peña, «Felipe Pedrell atribuye dichas obras, y dos más, a «Diego de Araciel», de quien asegura que nació en Extremadura y en su juventud se dedicó a estudiar violín, piano, armonio y contrapunto bajo la dirección de un monje antes de partir para Italia. Las otras dos obras que atribuye a Araciel son: Cuarenta y ocho valses variados, para violín, de 1790 y Sei walzer con coda per piano forte, Milán (Bertuzzi)». Las obras que esta especialista incluye de Esteban Araciel (Due quintetti al uso per serenata, Tre terzetti ad uso di serenata) son las que hoy sabemos, con toda seguridad, que corresponden a Diego de Araciel.
En La Historia de la Música Española (bajo la dirección de Pablo López de Osaba), Antonio Martín Moreno, en el tomo dedicado al siglo XVIII, señala: «La lista de compositores españoles de música de cámara en la segunda mitad del siglo, es muy amplia, aunque son todavía autores muy poco y mal conocidos (…) otros autores son el extremeño Esteban Araciel, autor al parecer de Tríos y Quintetos cuyo paradero desconozco, así como su parentesco con Diego de Araciel, según Pedrell también extremeño establecido en Italia y al que la casa Ricordi de Milán le editó, ya en el siglo XIX (…)» (sigue aquí la relación de obras). Mientras que Carlos Gómez Amat, en la misma colección, tomo dedicado al siglo XIX, apunta –en el capítulo dedicado a Juan Crisóstomo de Arriaga, precisamente, que «en comparación con los cuartetos de Arriaga, tiene poca importancia la música de cámara compuesta por españoles en el XIX; que existe, pero que no parece alcanzar, en ningún caso, un verdadero interés. Recordemos los quintetos y tercetos publicados en Italia por el extremeño Diego de Araciel, que nació a finales del siglo anterior y residió en varios lugares de la península italiana, actuando como violinista y pianista». Es ésta una idea que ha prevalecido con fuerza en el imaginario colectivo, y que sólo la escucha atenta y sin prejuicios de las obras que van emergiendo de la oscuridad en las que el abandono o la desidia las había sumido, puede contribuir a matizar o a deshacer.
Diferentes evidencias documentales han probado que Diego de Araciel era marqués, como lo muestran estas dedicatorias de composiciones de otros compositores menores (Rolla, Marcora, Romano…): («…al nobil..m sig.r Marchese Diego de Araciel», «Dedicato all´egregio dolettante l'illmo sig. Marchese D. Diego de Araciel», «Dedicato in segno di riconoscenza e stima al nobiliss. Sig. Marchese Diego de Araciel»). Ello mismo nos indica que debió de ser persona muy estimada en la vida social y artística del Milán de comienzos del siglo XIX. Por ello, editoriales como Artaria y Ricordi no dudaron en editarle sus obras. Se sabe, hoy día, que existen al menos dos marquesados de Araciel: uno napolitano de origen español, y otro español. ¿Quién sabe lo que una visita al archivo de Simancas nos podría revelar de su localidad de origen?
El gusto, en la época, era italianizante. Los tiempos eran difíciles en el primer tercio de siglo como se ha apuntado. El derrumbe de la infraestructura musical en la Corte y en la Iglesia supuso un grave obstáculo para la creación musical, pero no la impidió del todo. Algunos de los mejores músicos españoles hubieron de exiliarse (¡ah, los exilios españoles a lo largo de la historia, recientemente estudiados por Henry Kamen, y, mucho antes, por Claudio Guillén!) Los que quedaron en España se vieron «invadidos» por los italianos, sobre todo tras el trienio constitucional (1820-1823). Oigamos a Mesonero Romanos en sus «Escenas matritenses» hablar de Rossini, el ídolo del «furor filarmónico»:
«Esta sociedad, cohibida y contrariada por el Gobierno en sus aspiraciones políticas, en su expansión y progreso intelectual, a falta de objeto más importante en que ocuparse, había concentrado toda su vitalidad en el movimiento y los placeres de la vida social, y emancipándose del apocamiento y la estrechez en que antes vegetara, modificaba de día en día su actitud primitiva, extendía su mirada a más halagüeños horizontes, y seguía, por un irresistible instinto, la marcha civilizadora del siglo, dejándose dominar por de pronto por el encanto del arte divino de la música, que, al decir de Feijóo, es el único hechizo permitido que hay en el mundo, y cuya dulzura (según Cervantes) compone los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu.
Esta afición de la sociedad matritense hacia la filarmonía no era, como ahora, la expresión de una moda pasajera y de buen tono, sino un verdadero culto, una devoción entusiasta hacia el arte que tan preclaros genios ostentaba a la sazón en un Rossini, un Donizetti, un Bellini, un Meyerbeer (en su primera época rossiniana), y sus acertados imitadores Paccini, Vacaj, Ricci, Mercadante, Morlachi y Carnicer.
Y cuando las magníficas creaciones de estos genios insignes tenían en nuestra capital intérpretes tan valiosos como Galli, Maggiorotti, Inchindi, Passini, Trezzini y las divas Mariela Albini, la Lorenzani, la Cortessi, la Césari, la Naldi, la Tossi y la Meric Lalande, no es de extrañar que el público matritense adquiriese, escuchándoles, un exquisito gusto artístico, recibiese una educación musical que produjo una pléyade de excelentes artistas, más bien que aficionados, de ambos sexos, que formaron por entonces el encanto de nuestros salones».
Volviendo a Diego de Araciel, sus composiciones poseen las cualidades propias del gusto italianizante de la época. Se caracterizan por la atención prestada a la melodía, que recoge los ecos del bel canto rossiniano , una cierta teatralidad, una escritura que quiere ser «virtuosística» (sobre todo para el primer violín), un predominio del tema y variaciones, tan del gusto en esta época, gracia y frescura en los movimientos más ligeros y de danza (polonesas, zapateados, tarantelas, etc…); las obras que nos han llegado son dos Quintetos para cuerda (en La mayor; en Re mayor), Cuarenta y ocho valses variados para violín; Tre terzetti ad uso di Serenata per Violino, Viola e Chitarra (hasta ahora, todas estas obras están editadas por Ricordi, Milán); en la misma ciudad, pero con la editorial Bertucci, Seis valses con coda para piano; también compuso algunas arias operísticas y parece ser que es autor de una sinfonía manuscrita sin fechar que está siendo fruto de la atención de los musicólogos; por el momento esto es todo, más los Tres Cuartetos, en Fa mayor, Mi b mayor y Re menor, que son objeto de este concierto. Se observa un predominio de la música de cámara, y de la cuerda. Pudiera deberse esta predilección a que él mismo fuera consumado intérprete de estos instrumentos.
Los Tres Cuartetos se encontraron en circunstancias curiosas. José Carlos Gosálvez, el estupendo bibliotecario e investigador del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, halló los manuscritos de las partichelas en una abadía benedictina austríaca, la de Seitenstetten. Seguramente están escritos entre 1815 y 1835 en Milán, donde al parecer, Araciel había dirigido óperas de Rossini. En los tres cuartetos, la forma, aún obedeciendo a esquemas formales tradicionales, es bastante imaginativa y algo libre. En cuanto a la armonía, es un compositor atrevido, que no siempre sigue los convencionalismos; a veces escuchamos modulaciones sorprendentes, osadas y llenas de humor, sobre todo en el segundo y tercer cuarteto, mucho más complejos que el primero. En todos ellos, el primer violín tiene una importancia dominante.
El primer Cuarteto, en Fa mayor, de Araciel, es mucho más inocente y de una mano menos experta que la que compone los otros dos. Su primer movimiento es en forma sonata. Tiene la particularidad de que en la exposición intercala un Adagio en el que el primer violín canta libremente una bella melodía de inspiración italiana. Este sentimiento del país del Lacio de las cantilenas y el humor de sus secuencias y ritmos invaden el movimiento que termina con una coda en estilo rossiniano. Sigue un Minuetto bastante tradicional y sencillo, en Fa mayor, con su trío sorprendentemente en la tonalidad de Re b mayor. El Adagio presenta dos temas contrastantes, uno más cantabile y el segundo de carácter rítmico. El finale, Allegro non tanto, pone un brillante broche a la factura italianizante de la obra. Es un rondó de estilo italiano en el que el estribillo es un motivo ligero y alegre, y las secciones son ora en pizzicato, ora en carácter más romántico, o en estilo fugato. Toda la obra hace pensar en el «cuarteto» del soneto que Mesonero dedicó a Rossini, pues la composición está impregnada de ecos suyos:
«¿Dónde Rossini, irás, que el peregrino
Son de tu lira, que envidiara Orfeo,
No te renueve el público trofeo
Que a tu genio sin par unió el destino?»
Sin duda este Cuarteto ganará al ser colocado al lado de uno de los más famosos de la historia del clasicismo español: Nos referimos al Cuarteto nº 1 en Re menor de Juan Crisóstomo de Arriaga.
Arriaga nació en Bilbao el 27 de enero de 1806, en el mismo día en que se cumplían cincuenta años exactos del nacimiento de Mozart, en la calle Somera nº 12, donde puede verse una placa sobre el dintel del portal que rememora el acontecimiento. Tras estudiar inicialmente con su padre (que había sido en su juventud organista en Berriatúa, antes de dedicarse al comercio) , marchó a París en 1821, con tan sólo quince años. Allí ingresó en la Ecole Royal de Musique et Déclamation (así se llamó el Conservatorio en la época de la Restauración), y se inscribió en las clases de armonía y contrapunto, causando la admiración de su profesor François-Joseph Fétis, quien le convertiría en Profesor répétiteur de su clase, y de Cherubini, el director. Sin embargo, cuando le faltaban pocos días para cumplir los veinte años de edad, murió en la capital francesa, posiblemente a consecuencia de una tuberculosis. Había compuesto ya, para la posteridad, los tres inolvidables Cuartetos, la Obertura de los Esclavos Felices, La Sinfonía en Re, diversas obras religiosas, cinco escenas o trozos dramáticos: A la aurora, Edipo, Erminia, Medea y Altar, y algunas composiciones más. Enrique Franco conmueve cuando dice que «escuchar los cuartetos, las oberturas o la sinfonía de Arriaga es razón de la más triste alegría. Nunca aparecen tan fundidos ambos sentimientos. Porque si causa alborozo una música joven y clara, ordenada y llena de pasión, anuncio seguro de un romanticismo español que no hemos tenido, causa tristeza el paso fugaz del compositor bilbaíno por la vida y los pentágramas». ¡Palabras que resumen mejor que Nada y mucho (otro título de Arriaga) las emociones contradictorias que nos embargan al escuchar su obra!
Si sobre Araciel tenemos datos dispersos y difíciles de localizar, sobre Arriaga en cambio contamos con una extensa documentación, porque el llamado «Mozart español» cuenta con la admiración rendida de cuantos se han acercado a su obra, en especial a los tres magníficos cuartetos —la única composición publicada en vida de su autor—, la elegante Sinfonía y la Obertura «Los Esclavos Felices». Sobre la obra completa para cuarteto de cuerda poseemos con un excelente estudio de un pariente suyo por vía genealógica, Joaquín Pérez de Arriaga (descendiente de un hermano del compositor, Ramón Prudencio, cuyo nieto, Emiliano de Arriaga y Ribero se caracterizó por reunir todo el legado de Arriaga a lo largo de una búsqueda incansable, que transmitió a sus hijos y que propició que en 1956 se abriese el Museo Arriaga, en Bilbao, hoy tristemente desaparecido).
La partitura impresa de los Cuartetos no pone por ningún lado la fecha de su publicación, dato que, una vez más, debemos a Fétis. Fue en 1824, lo que nos indica que, muy probablemente, Arriaga concluyera la composición de estas tres obras maestras un año antes, a los diecisiete de edad. Impreso en cada una de las portadas de las partichelas se halla el texto siguiente: «Trois quatuors pour deux violons, alto et violoncelle. Dédiés à son père et composés par J. C. de Arriaga. 1er Livre de quatuors. Prix 15 f à Paris. A la nouveauté, au magasin de musique et d'instruments de Ph. Petit, succ. R de P. Gaveaux, Passage du Théâtre Feydeau, nºs 12 et 13. Proprieté. 546. P » Y, escrita a mano en la portada correspondiente a la parte del violín I que se guarda en la sección de música de la Biblioteca Nacional de París se halla una dedicatoria: «Offert par l'auteur à Monsieur Cherubini comme un témoignage de son respectueux attachement».
Un dato pues, de consideración. En primer lugar, que una editorial prestigiosa, como Ph. Petit, publique la obra de un joven estudiante que aún no había finalizado sus estudios en el Conservatorio. ¿Tuvo que ver en ello Manuel García, el padre de las famosas Malibrán y Paulina Viardot, que había respaldado la solicitud de matrícula de Arriaga en la Ecole parisina,
o Cherubini, o el propio Fétis? Quizá por ello, sugiere el estudioso José Antonio Gómez Rodríguez, se imprimiese un reducido número de ejemplares, que sin embargo han llegado hasta nosotros. Porque, en efecto, la partitura general autógrafa de los Tres Cuartetos no se ha encontrado nunca. Quizá Juan Crisóstomo la prestó o dio a alguien y tras su muerte no se ha vuelto a tener noticia de ella. Los Tres Cuartetos nos han llegado gracias a la edición de las partichelas que Juan Crisóstomo publicó en París en 1824 y que es la que se va a tocar en este concierto .
El primer comentario de los cuartetos provendría, cómo no, de su maestro Fétis, quien dijo «Es imposible imaginar nada más original, más elegante, más puramente escrito que estos cuartetos, que no son lo bastante conocidos. Cada vez que eran tocados por su joven autor, provocaban la admiración de aquellos que los escuchaban» .Al insertarlo en su Biographie universelle des musiciens, contribuyó a impulsar la leyenda de Arriaga. Le siguió Antoine Vidal, quien en su obra Les instruments à archet, de 1878, reprodujo en lo esencial el testimonio de Fétis. El tercero en tomar el testigo fue un sobrino nieto suyo, Emiliano de Arriaga, quien se acercó al «musiquito bilbaíno» (como le llamaba Adolfo Salazar) en busca de las raíces de su familia, y publicó en la Revista de Vizcaya un extenso artículo titulado «El maestro Arriaga y los cuartetos en Bilbao», aldabonazo de conciencia para movilizar en torno a la desaparición de las obras del compositor. El mismo dedicó toda su vida a paliar tal olvido y dejadez, en un esfuerzo realmente meritorio, y en el que le acompañaron figuras clave de nuestro siglo decimonónico como Arrieta, Bretón, Monasterio…Hasta que en 1955 el musicólogo Alan Pedigo funda en los Estados Unidos la Arriaga Society of America, presidida por otro descendiente del compositor, José E. de Arriaga e Ygartua. Como hemos visto más arriba, la saga continúa y para bien. A esto se suman tesis doctorales de Kay Hoke, B. Rosen, Gómez Rodríguez, el libro de Ramón Rodamiláns…
El Cuarteto nº 1 en Re menor, de Arriaga comienza con un Allegro que es un prodigio de melancolía y gracia. Como señala Kay Hoke, los materiales temáticos que el compositor vasco utiliza en sus composiciones se adaptan excelentemente a la textura, y suelen inspirarse en ideas contrapuntísticas, que se caracterizan por los contrastes motívicos a que dan lugar. Por ejemplo, en este Allegro, el tema principal consta de dos partes simétricas. La primera afirma con fuerza, posee una textura homofónica, una incisiva resolución rítmica, y un limitado vuelo melódico. Es contestada de forma dolce y también homófona por la segunda sección.
En el Adagio con espressione el primer violín se impone con hondo dramatismo, posee momentos de luz y momentos de sombra, con ráfagas que se asemejan a Beethoven. Cada una de las partes expresa una idea muy bien caracterizada, de honda originalidad. A destacar el papel del chelo, que subraya con su presencia constante la energía del movimiento. El Minuetto, en re menor, con su correspondiente trío, ejemplo del uso de aires populares por parte de Arriaga. El Finale-Rondó nos muestra la experimentación formal más interesante que el compositor lleva a cabo en su trilogía de cámara y que se circunscribe a los movimientos en rondó: los dos Finales de los dos primeros Cuartetos y la brillante Pastorale del tercero. Los tres tienen en común una breve introducción que antecede a cada uno de ellos, aparte de un trazado parecido. El Finale-Rondó del Primer Cuarteto, melódico y can-table, de una dulzura verdaderamente notable aún en sus cambiantes dinámicas, rítmico a la par que melancólico (ese re menor) y con un cierto perfume vasco.
Joaquín Torre. Violín
Ha actuado como solista con orquesta y ha ofrecido recitales en España, Francia, Alemania, Inglaterra, Portugal, Estados Unidos, Canadá, Sudamérica y Japón. Asimismo ha participado en numerosos festivales de música como Aspen Music Festival (EE. UU.), Académie Internationale de Músique de Tours (Francia), Schleswig-Holstein Musik Festival (Alemania), y Festival de Música de Cámara de Tuy.
Es miembro de la Orquesta de Cámara Reina Sofía desde 1993. Su interés por la música de nuestro tiempo le ha llevado a colaborar también con el Ensemble de Música Contemporánea del Centro Gallego de Arte Contemporáneo (CGAC), estrenando en España obras de Sciarrino, Lindberg, Hosokawa, Pang-Pang, Murai, Dalbavie, Zinsstag y Gervasoni entre otros. En su repertorio figuran composiciones españolas de Montsalvatge, Mariné, Marco, C. Halffter, Brotons, López López, etc…
Es ganador del XXVII Concurso de Violín «Isidro Gyenes» (1990). Ha grabado para Radio Nacional de España.
Ha sido profesor en la Escuela Superior de Música Reina Sofía. Actualmente ejerce la docencia en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid e imparte cursos por toda la geografía española. Asimismo es profesor invitado del Joven Festival Wagner en Bayreuth. Sus alumnos han logrado premios en concursos internacionales, y forman parte de las principales orquestas y conservatorios españoles.
Lina Tur Bonet. Violín
Recibe sus primeras lecciones de música a la edad de tres años, de la mano de su padre, compaginándolo con clases de danza. Posteriormente se forma como violinista en las Universidades de Friburgo y Viena con N. Chumachenco, G. Pichler e H. Kurosaki, así como en clases magistrales con T. Varga, F. Gulli, S. Askenasi, A. Dumay, J. Silverstein, E. Höbarth y R. Kussmaul. Obtuvo becas y premios tanto nacionales como internacionales.
Como solista recorre toda Europa y Sudamérica, actuando en el Festival de Música y Danza de Granada, Lufthansa Festival de Londres, Styriarte de Austria, Festival Brezice de Eslovenia, sala de la Radio en Viena, varios festivales alemanes, Teatro Solís de Montevideo, Coliseo de Buenos Aires, etc. siendo grabada por la BBC en Londres, RTVE, TV3, radio y televisión alemanas, de Eslovenia, Croacia, Bulgaria y la ORF austriaca. Actúa en grupos de cámara con artistas como M. Pressler, G. Faust, U. Rodenhäuser, P. Demenga, J. Holloway, H. Kurosaki o Th. Brandis.
Ha actuado como concertino en Il Complesso Barocco de Italia, la Orquesta de cámara de Mannheim, Bach Consort de Viena, Neue Hofkapelle Munich, la Capilla Real de Madrid, Hippocampus, Academia del Piacere… así como solista de segundos violines de Les Musiciens du Louvre. Bajo la batuta de M. Minkowski, A. Curtis, F. Biondi, R. Goebel,
R. Goodman, F. Heyerick, J. Rifkin, P. Goodwin, W. Christie… ha realizado giras por toda Europa, EEUU, y Japón, así como con Les Arts Florissants, Orquesta de cámara «Reina Sofía», Clemencic Consort, Orpheon Consort, Al Ayre español, grabando para Deutsche Gramophon y Virgin.
Es profesora de violín romántico en el Conservatorio Superior de Zaragoza, donde también imparte Conjunto Barroco. Recientemente ha grabado su primer disco como solista con Sonatas de Bach y Haendel para el sello ORF Alte Musik de la Radio austriaca.
José Manuel Román. ViolaDe vuelta a su país, obtiene el premio mención Viola del II Concurso de Jóvenes Solista, convirtiéndose en Viola Solista de la Orquesta Sinfónica de Venezuela y posteriormente de la Filarmónica Nacional.
Ha actuado en calidad de solista con casi todas las Orquestas de su país, así como con los grupos de cámara más relevantes (Cuartetos, Tríos, Ensambles de Música Barroca, Música del Siglo XX, etc.), en los Festivales de Música Contemporánea de Estrasburgo, «Présence 2000» en Paris, Festival de Música de Cámara de Tuy (Galicia), y en numerosas ciudades de España. En el Campo de la pedagogía, desarrolla y organiza las Cátedras de Viola del Conservatorio Simón Bolívar y del Instituto Universitario de Educación Musical, ambos en Venezuela.
Desde el año 1.995 se desempeña como Profesor asistente del Maestro Gerard Causse en la Escuela Superior de Música Reina Sofía de Madrid, así como miembro de la Orquesta de Cámara Reina Sofía que dirige el Maestro Nicolás Chumachenco, y del Plural Ensamble, grupo dedicado a la difusión de la Música Contemporánea. Actualmente es profesor del Conservatorio Superior de Zaragoza.
Iagoba Fanlo. VioloncheloComo solista debuta en Londres en 1994, y como ganador del Sir John Barbirolli Prize, tiene la oportunidad de interpretar el concierto de Elgar bajo las batutas de Lynn Harrell y Yehudi Menuhin. Ha sido solista junto a orquestas como London New Sinfonia, Northern Chamber Orchestra, HdK Ensemble de Berlín, Royal Academy Orchestra, Orquesta Sinfónica de Ciudad Real, Orquesta de Castilla y León
o la Orquesta Nacional de Panamá, interpretando conciertos como los de Haydn, Dvorak, Tchaikovsky, Triple de Beethoven o Rodrigo entre otros, bajo prestigiosas batutas como P. Halffter, Y. Sharovsky, J. Cantarell-Rocha o Collin Metters.
Junto a la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla y la batuta de A. Ros-Marbá ha grabado el Concierto para Violonchelo de J. Nin-Culmell.
Ha ofrecido recitales de violonchelo solo y con piano en Europa, Asia y América, trabajando junto a compositores como M. Balboa, G. Ligeti, JM. Sánchez-Verdú, G. Kúrtag o C. Halffter y actuando en Festivales Internacionales como los de Salzburgo, Praga, León, Otoño Soriano, Osaka o Edimburgo.
Prestigiosos compositores españoles como E. Guimerá, M. Del Barco, T. Aragüés, I. Bagueneta, P. Halffter o C. Perón le han dedicado sus obras.
Iagoba Fanlo es Director Artístico del Concurso Nacional de Violonchelo «Florián de Ocampo» y ha sido recientemente nombrado Associate of the Royal Academy of Music of London.