El Texto Iluminado. La Aventura
Planeta prohibido
Los contrabandistas
Los dientes del diablo
El increíble hombre menguanteLA AVENTURA
El cine de aventuras rescata la emoción que despierta en unos ojos deslumbrados la presencia súbita de lo desconocido y lo maravilloso, para devolvérsela a un mundo donde todo se da por sabido y en el que los estremecimientos del ánimo tienen tan sólo orígenes utilitarios, lógicos y despojados de sensación de esfuerzo. De él procede el adentramiento de la mirada en los ámbitos fascinados de los territorios sin vuelta atrás, la iniciación del hombre atrapado por la tela de araña de la civilización en la experiencia de lo excepcional, la devolución de sensaciones comunes a sensibilidades atrapadas por lo ordinario. Es, por consiguiente, la última posibilidad de los hombres adultos de este tiempo de ejercer un goce primordial perdido en alguna esquina de la infancia, el goce de jugar.
Ángel Fernández Santos.
Exploración de los sueños, El País/Cinema, 13, 1990.
“Trataré de resumir sin extenderme y relatar
catorce años embarcados de la infancia de los vientos
delicado recorrido por el mundo tras un nombre
hoy perdido con el mapa en el mar y en la memoria.”
Ricardo Franco.
Los restos del naufragio, Hiperión, 1979.
AVENTURARSE
Quizás porque llevábamos todo el año (pasado) acordándonos de nuestro señor don Quijote y de monsieur Jules Verne, hemos pensado que la aventura debía ser el pre-texto de esta edición 2006. La aventura es el género por excelencia, el género que está detrás del resto de los demás géneros, tanto en la literatura —su primera horma, después de la oralidad, que es la aventura 'dicha'— y en el cine, que ha sido la estancia en que muchos la descubrimos: aventurándonos. No hay espacio pequeño ni grande una vez metidos en la aventura: la casa del 'hombre menguante' es un planeta, y el 'planeta prohibido' cabe en un cerebro humano. Una ballena gigante es una crisis íntima, las inmediaciones de un igloo, todo un universo; el tesoro de los Mohune la llave del conocimiento. ¿Dónde sucede, entonces, 'la aventura'? La ficción es un escenario contiguo, aquella 'continuidad de los parques' que ficcionara Cortázar. La ficción nos recuerda el imperativo aventurero que debe regir nuestras vidas, o al menos, la aventura que debemos procurar. La aventura, lo mejor que tiene, es que es transferible, que podemos experimentarla con intensidad a través de aquellos que la viven —en primera línea— en las páginas y en la pantalla. Leer y ver constituye ya una aventura de por sí. Es más: las aventuras escritas o filmadas, las aventuras de los héroes y heroínas escritas o filmadas no serían nada sin nosotros, lectores y/ o espectadores. Nosotros somos su motor y su razón de ser. Nosotros somos las que las vivimos, las que las respiramos y transmitimos. Las cinco aventuras de este ciclo son precisamente eso: cinco aventuras transmitidas de generación en generación. Cinco mitos que hemos referido a veces a amigos, hijos, alumnos o incluso desconocidos: ¿Te acuerdas de aquella del robot y de los monstruos del 'Id`? ¿No te he contado la del tipo que se iba haciendo pequeño, pequeño hasta el punto de que su mayor enemigo era el gato? ¿Te he hablado alguna vez del Capitán Achab? ¿Y de Jeremy Fox y del tesoro de Barbarroja? ¿Sabéis cómo se caza, se ama y se muere en un glaciar del Norte? Las cinco historias fueron antes contadas en libro, de un modo formidable, como es el caso de Melville y Moby Dick, y sus traslaciones cinematográficas desafían nuestra imaginación y la memoria de nuestra lectura. Pero lo más importante es que nos invitan a revivir en 'otro lugar' lo leído. O, al contrario, nos invitan a hacer el viaje de vuelta y descubrir el texto en el que por primera vez fueron contadas. El libro y la película son el mismo tesoro escondido en territorios distintos. O no tan distintos. Se abre el libro o se alumbra la película y todo empieza, como si fuera la primera vez que empieza. Empieza siempre de forma distinta para cada uno de nosotros, aventureros distintos en cada caso u ocasión. Quien no haya visto nunca las cinco películas del ciclo, va a descubrir cinco modelos de imaginación y de supervivencia. Cinco relatos seminales que han dado lugar a otros muchos posteriores. Quienes vuelvan a verlas al cabo del tiempo en pantalla grande —muy grande en Planeta prohibido, Los contrabandistas de Moonfleet y Los dientes del diablo— van a revivir el verdadero tamaño de la fascinación, aquella dimensión del cine por la cual siguen —seguimos, huelga decirlo— prendidos de él. El quinteto elegido bebe de una literatura de calibre diverso, de obras mayores —La tempestad (bien que oblicuamente), Moby Dick— y de relatos menos conocidos pero más que estimables, como el relato de Matheson del 'hombre menguante' y desde luego la maravillosa novela de J.M. Falkner —editada por Anaya/Tus libros en 1991— Moonfleet. Hemos elegido cinco aventuras que —dentro de que cualquier ficción pasa dentro de cada uno de nosotros— transcurren en espacios extrapolados (y 'extrapolares', caso de Los dientes del diablo). Un planeta extraterrestre, una costa bucanera, alta mar, un glacial del Gran Norte y una casa. Hemos ido desde lo más exterior hasta un espacio doméstico. Son las cinco aventuras fuertes, a vida o muerte. Ninguna nos deja como estábamos antes de verla. Las cinco son asombrosas. Épicas y a la vez íntimas. En alguna de ellas, Los contrabandistas de Moonfleet —un portentoso relato de iniciación que da todo lo que, a mi juicio, puede ofrecer el cine—, media un niño, John Mohune, espectador de una aventura más grande que su vida, y determinante en ella. Justo lo que son el cine y la literatura. Aventúrense.
Bernardo Sánchez Salas. Coordinador del ciclo.