Sentido & SensibilidadTercer concierto
I PARTE
Dos Danzas Húngaras (Danza nº 1 y nº 5)
J. Brahms
(1833-1897)
Sonata nº 3 en re menor, op. 108
J. Brahms
(1833-1897)
Allegro alla breve
Adagio
Un poco presto e con sentimento
Presto agitato
II PARTE
Sonate pour piano et violon
G. Lekeu (1870-1894)
Très modéré
Très lent
Très animé
Intérpretes:
Joaquín Torre, violín
Kennedy Moretti, piano
Johannes Brahms (1833-1897), natural de Hamburgo y luego ciudadano de Viena, fue considerado la punta de lanza de los puristas contra los wagnerianos y los músicos del porvenir (Liszt, entre otros). Anunciado esperanzada-mente por Schumann cuando apenas contaba veinte años, ha tenido que esperar al primer centenario de su nacimiento para que un vanguardista como Schöenberg reivindicara el carácter “progresista” de su música. Sus cuatro sinfonías y sus cuatro grandes conciertos (los dos pianísticos, el de violín y el doble para violín y violonchelo) ocupan hoy un lugar preferente en los repertorios de todas las orquestas. Pero el arte brahmsiano y su evolución se captan mejor en la música de cámara, para piano y en sus más de doscientos lieder, géneros que aportan auténticas obras maestras en las que la tradición se alía a la modernidad y que le ocuparon durante toda su vida. Además, el compositor es autor de encantadora música de entretenimiento para la alta burguesía que le aplaudió, tal vez sin comprenderle del todo. Tal es el caso de las deliciosas tandas de Valses o las Danzas húngaras.
Entre los compositores del siglo XIX Brahms es seguramente el que muestra mayor espontaneidad y pasión tratando la música folklórica húngara. Gracias a su amigo Eduard Reményi (1828-98), violinista y compañero de giras juveniles, entró en contacto con la música popular de este país, pues ambos gustaban de tocar de oído fragmentos de esta música “exótica”. La fascinación de Brahms se trasladó a toda su música de cámara, que está impregnada de un “toque magiar” que aflora casi siempre.
El compositor publicó una primera serie de danzas (las primeras diez) en 1869 y la segunda serie en 1880. Originalmente escritas para piano a cuatro manos, han conocido multitud de transcripciones. Las que escucharemos en este programa son debidas al gran violinista Joachim, amigo de Brahms, dedicatario de su concierto para violín y estrecho colaborador. La danza nº 1, una de las más famosas de la colección, está inspirada en la “Isteni Czárdás” de Särkozy. De estructura tripartita, es notable por su intensidad expresiva. La danza nº 5, archiconocida, es una pequeña obra maestra por su vivacidad y su nostalgia húngara. Incluye un motivo de “Bartfai Emlék” de Béla Kéler, pseudónimo de Adalbert Nittinger.
La forma de la sonata clásica, puesta al día, se manifiesta en todo su esplendor en la música de cámara, desde los dúos –sonatas para violín, violonchelo o clarinete, siempre dialogando con el piano – y tríos, hasta los cuartetos, quintetos y sextetos. Al mismo tiempo Brahms confiere musicalidad a los estados de ánimo más cambiantes y sutiles. Buena prueba de ello nos la da la Sonata para piano y violín número 3, en Re menor, opus 108, , tercera y última sonata del compositor para este dúo de instrumentos y una de las piedras angulares del repertorio violinístico.
Brahms contaba 55 años cuando escribió esta obra maestra, terminada en el verano de 1888, que dedicó a su amigo Hans von Bülow. Fue estrenada por Jen Hubay, con el propio compositor al piano, el 22 de diciembre de 1888 en Budapest y, en 1889, Joachim y Brahms darían a conocer la nueva sonata en Viena. Antes, como solía hacer siempre que componía una obra, había pedido su parecer a Clara Schumann: “Si no te gusta cuando la toques –le escribe el compositor- no te molestes en hacérsela escuchar a Joachim”. Clara no tardó en responder: “Una vez más me has ofrecido un regalo maravilloso. El tercer movimiento me gusta más que ningún otro”. Un año más tarde, el compositor añadirá: “La idea de que mi Sonata en Re menor corra bajo tus dedos me parece un sueño. La tengo abierta sobre mi escritorio y, con ayuda de la fantasía, hemos salido a pasear juntos por los bosques, furtivamente”.
Aunque no es más larga que las otras, el op. 108 es la única sonata estructurada en cuatro movimientos, por otra parte de proporciones casi sinfónicas. Su carácter es diferente de las otras sonatas para violín (Bruyr culpa a la vejez “que va avanzando con pasos afelpados”) , pues “ha pasado el tiempo de las pasiones –fueran tempestuosas o afectuosas- del lirismo extrovertido. Nace una sonata viva, rica, brillante, romántica, pero sin violencia alguna, sin la menor exageración. Es una obra en la que cada elemento se mantiene férreamente bajo control” (Poggi y Vallora).
El Allegro con un primer tema épico y expresivo y un segundo tema más melódico y familiar, está en una disciplinada y correcta forma-sonata. Sigue un bellísimo Adagio, en el que podemos encontrar misteriosos ecos magiares, con una melodía-himno expuesta y repetida muchas veces. La sonata continúa con dos movimientos brillantes. Poco presto tiene carácter de scherzo, en tres partes, con abundante panoplia de temas y gran ligereza rítmica. El presto final es imponente, en el que la forma-sonata garantiza un sabio equilibrio entre invención desbocada y escritura ajustada. El talante enérgico y espontáneo preside toda esta Sonata, una de las invenciones más felices de la madurez de Brahms, que sirvió para unirle más estrechamente a Clara.
No sabríamos separar el nombre del gran violinista Ysaÿe del belga Guillaume Lekeu, que le dedicó la sonata que sigue siendo su obra maestra. Nacido en Heuzy, cerca de Verviers, Lekeu (1870-1894) fue el último discípulo de César Franck. Toda su obra, trágicamente breve, compuesta apenas en cinco años, atestigua la más alta inspiración. Llamado el Rimbaud de la música –murió con 24 años- , asombra en él la nobleza y gravedad de su música, siendo tan joven, y la nostalgia profunda y dolorosa que se desprende de su obra. Lekeu se distingue claramente de sus coetáneos, como Chausson, por cierto ardor violento y exaltado. También supo expresar el gozo, como en la Fantasía sobre temas angevinos, obra sinfónica. Además nos ha dejado su estudio sinfónico Ofelia, tan poético, un Adagio para cuerda, un trío y un cuarteto con piano que la muerte le impidió finalizar.
La Sonate pour piano et violon, compuesta entre la primavera y el verano de 1892, costó al compositor una “pena infinita” lo que no impide que sea su mejor obra. Consta de tres movimientos, unidos temáticamente, en los que están fusionados, de manera insuperable, el violín y el piano, con equilibrio y pureza de expresión.
Très modéré hace brotar pronto un tema que lleva el violín y que induce una línea melódica sinuosa, larga, fluida, que determina un ambiente un poco nostálgico. Le sigue un gozoso Vif et passionné, en forma sonata, cuyo segundo tema será confiado al piano. El movimiento central es Très lent de arrobadora belleza, en el que Lekeu hace gala de un lenguaje propio a su juvenil edad. Se trata de la melodía infinita del romanticismo, tratada con delicados matices. Finaliza con Très animé, en el que aparecen dos temas, uno vigoroso y otro apasionado. Es una reexposición del tema inicial generador de la obra, en el violín, luego al piano, lo que constituirá la conclusión en la tonalidad principal, muy brillante y elocuente.
La Sonata de Lekeu nos hace preguntarnos qué hubiera deparado a la historia de la música este compositor si hubiese sobrevivido. Mucho menos tocada de lo que se merece, en los últimos tiempos hay un resurgir del interés por el joven muchacho belga al que un día unas fiebres tifoideas apartaron de este mundo. Su lenguaje, sus personales ideas, su universo, oscuro y luminoso a la vez, nos hacen pensar que Lekeu, en su desaforado romanticismo, vislumbraba una nueva época.
Todo este panorama de razón y corazón, de pasión y nostalgia, pero también de sentido creador, es el romanticismo musical. “Le violon frémit comme un coeur qu´on afflige” (el violín tiembla como un corazón al que afligimos) escribió Baudelaire. Este violín, cuyo misterio está en esos serafines que lloran con el arco entre los dedos en los poemas de Mallarmé (“Des séraphins en pleurs, rêvant l´archet aux doigts”…) nos ha servido para desentrañarlo un poco. Con sentido común, pero aplicando toda nuestra sensibilidad. Tal es el reto.
Hertha Gallego de Torres